Si está cuidando a una persona con demencia, ¿qué hace si se niega a tomar su medicación? ¿O si exigen ver a su cónyuge, quien en realidad murió hace mucho tiempo? Si recurre a esconder ese medicamento en una comida, o decirle a la persona que su cónyuge acaba de irse de compras y volverá pronto, no está solo. El “engaño terapéutico” es un ahorro de tiempo para los cuidadores, y también puede ser humano, un medio para aliviar la angustia. Pero como toda mentira, es moralmente problemática. En un momento en que el tratamiento institucional de los ancianos australianos está bajo el microscopio, ¿equivale el engaño a una erosión de la dignidad? ¿Estamos acorralando a las personas con demencia en su propia categoría moral especial: personas a las que se les puede mentir con impunidad? Y si es así, ¿con qué posibles consecuencias?

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